Publicación de Revista Ciencias Sociales aborda la experiencia de habitar la Base Carlini de Argentina
Un equipo interdisciplinario pasó dos meses en la Base Antártica Carlini para entender algo que los mapas no muestran, cómo las personas que habitan ese lugar remoto lo hacen propio, le dan sentido y construyen identidad en uno de los ambientes más extremos del planeta. El trabajo revela que, en la Antártida, el factor humano es tan decisivo como la ciencia que allí se produce.

La Base Antártica Carlini no es solo un punto en el mapa a 62° de latitud sur. Es un comedor donde nadie elige quedarse a conversar, un laboratorio se convierte en un espacio de encuentro y reunión, un edificio al que llaman el “Cabildo” y que, para quienes ya vivieron meses aislados durante todo el invierno, es el mejor lugar de la base. Es, además, el estruendo de un glaciar al desprenderse. Es el mate compartido entre un científico y un buzo militar en una tarde sin viento.
Eso es lo que fue a estudiar Carolina Cohen, geógrafa e investigadora de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur (UNTDF), junto a Nicolas Deluca, licenciado en Medios Audiovisuales de la UNTDF. En la campaña antártica de verano 2024-2025 en esa base. El resultado es una investigación pionera que analiza la Base Carlini desde el concepto del "sentido de lugar" y cómo los seres humanos no solo habitan un espacio físico, sino que lo significan, lo transforman y se transforman con él.

El trabajo, publicado en el volumen 35, número 56 de la Revista Ciencias Sociales, muestra la labor desarrollada en el marco del proyecto PICTO-MALVINAS 2021 y articulado entre la UNTDF y el Instituto Antártico Argentino (IAA), donde se entrevistó a 28 personas entre enero y marzo de 2025, entre personal científico e integrantes de la dotación militar. Es uno de los primeros estudios de geografía humana que aborda el territorio antártico desde los vínculos simbólicos, afectivos e identitarios de quienes lo habitan.
Un equipo en el fin del mundo

La idea no surgió de un escritorio. Surgió de la convicción de que Argentina lleva décadas estudiando la Antártida desde disciplinas como la historia, la geopolítica, la biología, la glaciología y la oceanografía. Sin embargo, la experiencia cotidiana y la construcción del sentido de lugar, desde una perspectiva pluridisciplinar, seguían siendo presentando vacancias dentro de los estudios antárticos.

Abordar la construcción del sentido de lugar en la Base Carlini nos permitió pensar y discutir la Antártida desde una perspectiva que puso el foco en la cuestión social y humana, aportando a la construcción de conocimiento sobre los espacios remotos" explica Cohen.
El equipo que viajó a la Antártida contó con el acompañamiento, a la distancia, de profesionales del Instituto Antártico Argentino que provienen de distintas disciplinas, el historiador Pablo Fontana, la antropóloga María Laura Fabrizio y el sociólogo Matías Belinco que ya vienen realizando estudios sobre la vida humana en Antártida. Esa mirada plural fue intencional. La Antártida, argumentan, no se puede entender desde una sola disciplina.
Durante dos meses, los investigadores no solo entrevistaron a quienes vivían en la base. También los acompañaron en las actividades cotidianas como salidas a campo para censos de mamíferos y aves, trabajo en laboratorio. Tomaron notas. Observaron. Escucharon.
Trabajo, compañerismo y experiencia
El análisis de las entrevistas arrojó un dato que, aunque parece obvio, tiene implicancias profundas y es que el principal vínculo que los participantes construyen con la Base Carlini es a través del trabajo. El código "trabajo" apareció en el 26% de todas las citas codificadas. Le siguieron "compañerismo" y "experiencias".
Pero el trabajo no opera solo. Lo que la investigación muestra es que ese vínculo primario se entrelaza con todo lo demás, partiendo con la cooperación entre grupos, con los aprendizajes, con los desafíos que plantea el entorno, con la lejanía. Y es en esa articulación donde el lugar se construye de verdad.
Cohen lo vio en terreno "Habitar un espacio remoto y aislado afianza las posibilidades de compartir conocimientos, experiencias y costumbres en todos los sentidos, profesionales y personales. Así como se dan los intercambios de conocimiento académicos, se toman decisiones sobre cómo resolver inconvenientes que pueden interferir en el trabajo, se comparte también clases de guitarra, de yoga, de acrobacia o de tango. Entonces, casi sin preverlo, se va construyendo una identidad del grupo social y de la base misma."
Quienes vivieron esa cotidianidad lo describen con una claridad que ningún indicador cuantitativo puede capturar. "Te das cuenta de que lo más importante de la Antártida quizás no es que saques sangre bárbaro, todos los días, o que seas el mejor capturando pingüinos, o el mejor andando en bote, sino que la parte humana tiene un peso muchísimo más grande" relató una científica participante de la Campaña Antártica de Verano.
Cuando el laboratorio se convierte en un espacio de encuentro

Uno de los hallazgos más interesantes del estudio es que los espacios de la base terminan funcionando de una manera muy distinta a la que fueron diseñados originalmente.
Los laboratorios y las oficinas, diseñados para trabajar, se convierten en lugares de encuentro. El Laboratorio Argentino y el Dallmann (el laboratorio argentino-alemán inaugurado en 1994) son apropiados no solo como espacios de trabajo, sino también como sitios de charla, mate y juegos de mesa. La sección de buceo, de uso militar, termina siendo un punto de encuentro informal entre ambos grupos.
El comedor, en cambio, pasa exactamente al revés, porque aunque fue diseñado como un espacio de encuentro, en la práctica funciona más como un lugar de paso. Se va a comer, se comparte ese momento cotidiano y luego cada uno vuelve a los espacios que terminó haciendo propios. Y después está el Cabildo, el edificio de la sección informática. Para algunos, es mucho más que eso.
"Mi lugar en Base Carlini acá, el Cabildo. Para mí el Cabildo es el mejor lugar de la base, tiene las mejores vistas, tanto de este lado, para aquel lado, tiene altura, aunque los vientos se sufren bastante y sea un poco tedioso subir, eso es lo bueno porque no sube mucha gente", contó un técnico informático de la Campaña Antártica de Invierno.
Esto, que desde afuera puede parecer un detalle anecdótico, para la geografía humana es central. Lo que la investigación demuestra es que el sentido de lugar no lo construye el arquitecto ni el planificador, sino que lo construyen las personas a través de sus rutinas y sus vínculos. El espacio es, antes que nada, una producción social.
Científicos y militares en convivencia
La base opera con dos grupos que, en principio, parecen mundos distintos. Por un lado está el personal científico dedicado a los proyectos de investigación y por otro, la dotación militar encargada de la logística y del funcionamiento de la infraestructura. Son perfiles, formaciones y dinámicas muy diferentes con objetivos diversos.
Pero, lo que encontraron los investigadores fue otra cosa. "Observamos una articulación y trabajo en equipo muy fuerte. Si bien uno podría considerar que se trata de dos perfiles muy distintos, las diferencias que cada uno pueda tener quedan de lado ante la importancia de cumplir con los objetivos de trabajo que cada uno tiene", señala Cohen.
La investigación identifica jerarquías claras que se materializan incluso en la distribución del espacio físico. El jefe científico y los científicos invernantes salientes tienen habitaciones individuales, al igual que el jefe de base, el segundo jefe y el encargado. En un entorno donde la privacidad escasea, el cuarto propio no es un privilegio menor. Es una señal de rol, de trayectoria, de responsabilidad.
Pero esa jerarquía formal convive con algo más fluido. La sección buceo, de uso estrictamente militar, es también donde se toma mate y se juega a las cartas entre científicos y soldados en las horas libres. Las tensiones existen, principalmente en torno a la administración de los recursos básicos, como víveres y acceso al agua, pero no definen la dinámica general. Lo que define la dinámica general es otra cosa, es el objetivo compartido de sacar la campaña adelante.
Un integrante de la dotación militar lo resumió con precisión "Sabemos que no hay otra ciudad, no hay un pueblo cercano, no hay nada. Y siempre te sorprende todo, la actividad, el paisaje, la forma de trabajar cambia todo, se trabaja mucho en equipo. Todas esas experiencias son impagables."
El espíritu antártico

Hay un código que aparece en la investigación y que resultó tan potente como difícil de definir, el espíritu antártico. No es un concepto académico. Es algo que los propios participantes nombraron una y otra vez para describir un conjunto de valores que se reconocen entre quienes eligen ir a la Antártida, desde la camaradería, tolerancia, capacidad de adaptación, disponibilidad para el otro.
El análisis mostró que el compañerismo es el código que más fuertemente se relaciona con el espíritu antártico, es el 28,85% de fuerza de relación entre ambos. La convivencia de 24 horas, 7 días a la semana, en un espacio físicamente acotado y socialmente reducido, no genera necesariamente conflicto, sino que genera lazos.
La convivencia extrema. Acá es muy difícil estar solo. Y en eso encontrar qué personas son refugios, cuáles no, y también entender que las dinámicas dentro de la base las hacen las personas. La campaña en sí te la dan las personas. Si vos no tuviste un buen contacto con todos, está malísimo, te la vas a pasar mal" dice una científica de la CAV.
Cohen observó esa dinámica desde adentro y coincide "El afianzamiento de los vínculos y las relaciones fue uno de los hechos más interesantes que observamos. Las limitaciones vinculadas a la conectividad con la familia y los amigos conllevan a construir vínculos con quienes compartís el día a día. En el transcurso de la campaña se siente el factor camaradería y eso permite atravesar esta experiencia, que implica muchos desafíos en términos personales y profesionales, con mayor fuerza".
Y ese espíritu no es individual. Es colectivo y en cierto modo, misterioso, se contagia, se aprende, se reconoce "es la camaradería, es el compañerismo, es la persona que vos tenés al lado, que vos la vas a ver mal y la vas a querer ayudar, entonces el espíritu antártico es eso, es brindarte a tu compañero, brindarte al prójimo" dice un integrante de la dotación militar.
La investigación también registró algo que las entrevistas no pueden del todo capturar pero que los participantes intentaron describir, que es la experiencia sensorial de estar ahí.
La palabra que más apareció en los testimonios fue "blanco". El blanco de la nieve, del hielo, del horizonte sin interrupciones. Pero también el naranja de los chaquetones y de la infraestructura de la base. El viento. El ruido del glaciar cuando se desprende. La fauna, los pingüinos, los elefantes marinos, las aves que sobrevuelan la punta Potter.
"Ver los glaciares, ver todo blanco para donde mires, es algo que no se compara con nada de lo que estaba acostumbrado, de lo que había visto antes. Así que fue un shock al principio, un shock lindo. Me gusta el frío, así que acá estaba... Me siento como en mi terreno, la verdad” contó un científico de la CAV.
La Antártida, en ese sentido, no solo se piensa o se trabaja. Se siente. Y esa dimensión sensorial forma parte de la construcción del lugar tanto como los laboratorios o el organigrama institucional.
La experiencia de habitar lo extremo

Argentina tiene trece bases en la Antártida. La base Carlini es una de las siete permanentes y, según la Cancillería, una de las que más producción científica genera. Históricamente ese conocimiento se vinculaba con la biología, oceanografía, glaciología, geología; pero desde hace ya casi una década las ciencias sociales comenzaron a indagar sobre cuestiones antárticas.
Creemos que el aporte de las ciencias sociales en temas antárticos es sumamente relevante porque permite conocer y entender este espacio desde otra perspectiva. Indagar en la historia de vida de quienes habitan la Antártida, en su experiencia y su relación con el ambiente y las interacciones entre los grupos sociales y el territorio, nos permite pensar a la Antártida no solo como un espacio geopolítico sino también como un espacio vivido, sentido y valorado, de forma diferente, por las personas que lo habitan" plantea Cohen.
La investigación no sólo aporta a una vacancia académica. También abre preguntas prácticas: ¿Cómo influye el diseño de los espacios en el bienestar de quienes viven en la base? ¿Qué rol cumple la identidad de grupo en el rendimiento de las campañas? ¿Cómo varían estos procesos en otras bases, con otras configuraciones sociales?
El trabajo de la UNTDF y el IAA es una primera respuesta. Y también, como toda buena investigación, es una puerta que se abre.
Hay un dato que la investigación registró casi al pasar y que dice mucho, ya que el código con menor frecuencia en todo el análisis fue "proyección a futuro". Solo el 2,36% de las citas. Nadie habla demasiado de lo que viene.
"Yo siempre acá vengo como si fuera la última vez, por eso también creo que me gusta tanto, porque lo disfruto al máximo", dijo un científico de la CAV que lleva varias temporadas en Carlini.
Aun así, el estudio muestra que esa misma intensidad genera formas de pertenencia. La base deja de ser solo un lugar de paso y se convierte en una experiencia compartida, cargada de significados.
“Consideramos que este trabajo es una primera aproximación al entendimiento del espacio desde una mirada más compleja y nos abre las puertas a pensar y repensar la forma en que nos relacionamos con el mismo” sostuvo Cohen. Desde esa perspectiva, la investigación no solo aporta al conocimiento sobre la Base Carlini, sino que también abre preguntas para otros territorios extremos o aislados, donde la convivencia, el trabajo y la identidad se construyen bajo condiciones particulares.
“Reafirmamos la perspectiva de la geografía humana en donde se plantea que el espacio no es solo el soporte físico de las actividades humanas, sino que es, fundamentalmente, resultado de una trialéctica espacial y se expresa, por lo tanto, como un producto social complejo”, concluyó la investigadora.
Antártida, descubrieron estos investigadores, no es solo el continente más frío, más seco y más ventoso del planeta. Es también un lugar que las personas hacen propio de maneras que ningún mapa puede mostrar. Este estudio muestra que, bajo esas mismas condiciones, también se construye algo menos visible y profundamente humano, una comunidad temporal que aprende a sostenerse, organizarse y darle sentido a uno de los lugares más extremos del planeta.
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